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La repetición

Publicado en Jorge Manzano

Un ensayo de psicología experimental

Por Constantin Constantius, Copenhague, 16 de octubre, 1843.

 ¿Es posible repetir algo? Ese algo ¿gana o pierde al repetirse? El problema será importante en la filosofía moderna, pues la repetición es el equivalente de la reminiscencia griega. Los griegos decían que todo conocimiento es una reminiscencia. La filosofía moderna llegará a decir que toda la vida es una repetición. Ambas son el mismo movimiento, pero en sentido opuesto: Lo que se recuerda ha sido; es una repetición hacia atrás; la repetición es un recuerdo hacia adelante.

El amor-repetición es el único amor feliz. Se parece al amor-recuerdo en que no tiene la inquietud de la esperanza, ni el ansia aventurera del descubrimiento; pero tampoco tiene la melancolía del recuerdo sino la dichosa seguridad del instante. La esperanza es un traje nuevo, apretado, tieso, y uno no sabe cómo le va a quedar. El recuerdo es un traje viejo, quizá bello, pero ya queda chico. La repetición es un traje no gastado que sienta bien; ni aprieta ni queda flojo. La esperanza es una joven bella que se escapa de entre las manos; el recuerdo, una mujer entrada en años, bella, pero ahora fuera de servicio; la repetición, una esposa amada, de quien no se cansa uno jamás.

Hay que ser joven para esperar y para acordarse; pero es menester valor para querer la repetición. Quien sólo quiere esperar es un cobarde; quien quiere sólo recordar, es un voluptuoso; quien quiere la repetición es todo un hombre. Quien no quiere la repetición, y no ve que ésta hace la belleza de la vida merece sólo eso que lo amenaza: perecer. La esperanza es un fruto atrayente, que no sacia. El recuerdo es un miserable viático que no sacia; la repetición es el pan cotidiano que sacia con bendición. Si Dios no hubiera querido la repetición, el mundo no habría existido nunca. Si hay ahora un mundo es que hay repetición.

Hará un año dirigí seriamente mi atención a un joven hermoso, en cuya mirada se translucía su alma. Cierto movimiento de la cabeza, cierto toque travieso en su expresión, denotaba su naturaleza profunda. Un día llegó fuera de sí; la actitud más masculina; el físico, más hermoso; los ojos, dilatados y radiantes. Y me dijo que estaba enamorado -ya desde antes- pero ahora se había declarado, y le habían dado el sí. En general, mi actitud es de observador; pero un joven enamorado es tan hermoso, que resulta difícil reducirse a observar, y se prefiere disfrutar con la vista. Los movimientos profundos del alma desarman al psicólogo. El oficio de observador lo hace a uno melancólico, como a funcionario de policía. El joven me dijo con franqueza la razón de su visita: tomarme como confidente, y no quedarse todo el tiempo con su amada, para no importunarla. No se podía quedar sentado, sino que iba y venía delante de mí, mientras repetía muchas veces un verso de amor, y una lágrima nubló su vista. Nunca había yo visto tal melancolía. Curiosa dialéctica: suspira por la amada, y tiene que violentarse para no estarse todo el día con ella. Seguro que hay un malentendido. Ya era desdichado. Vivía ya en el amor-recuerdo. Fuimos a dar una vuelta en coche, e intenté experimentar contra su melancolía, suscitando sentimientos amorosos a partir de la naturaleza. En vano. Ni la intrepidez del mar, ni el silencioso arrullo del bosque, ni la soledad amiga de la tarde pudieron sacarlo de su languidez; más que acercarse a su amada, se alejaba de ella.

Lo vi varias veces durante quince días. Comenzaba a darse cuenta del malentendido, y su amada le era ya un fardo, aunque ella era y sería la única que podría amar. Sin embargo no la amaba, pues lo único que sentía era nostalgia por ella. Entonces se realizó un fuerte cambio en él: se le despertó la creación poética en proporciones insospechadas. Comprendí entonces todo: la joven no era la amada, sino la ocasión para que en él se despertara el genio poético; él no podía dejarla de amar; ella había impregnado todo su ser, y el recuerdo de ella era siempre joven. Pero así ella había firmado su propia sentencia de muerte. La situación del joven fue empeorando; la lucha anémica consumía su vigor físico. Él no podía decirle a la joven que era una etapa superada; y consagró todo su genio a divertirla y alegrarla, aun dejó de lado la creación poética. Tal vez ella, en su egoísmo, se apega a él -imaginando que lo ama-, en vez de devolverle su libertad.

El joven ya no quiso venir a mi casa. Nos encontrábamos en sitios apartados, antes del alba, cuando la misma naturaleza tirita de frío en la bruma matinal; caminábamos sobre la hierba cubierta de rocío. Y nos separábamos al despuntar el alba, cuando todos los seres se entregan al gozo de vivir. En esta meditación nocturna él se entregaba a gritos salvajes; y en el día tenía cautivada a la joven. El no podía casarse con ella; sería una impostura; ni revelarle el malentendido, que ella era su musa. Para frenar en seco sus tormentos le propuse un medio extremo: hacerse detestable a los ojos de ella, como quien engaña; que ella tenga la razón, y no tú. Pero todo despacio, pues si no, ella se inflama. Más bien tendrías que ser inconstante; hacer algo hoy, otra cosa mañana, pero sin pasión, por rutina -sin llegar a la descortesía. Haz correr el rumor de otro enamoramiento. A mí mismo ya me empezaba a caer mal la joven. ¿No se daba cuenta del sufrimiento de mi amigo? La que no se sacrifica en su amor, no es mujer, sino hombre. Sería tarea para un cómico representar a tal amante consumiendo de pasión a su adorador hasta empujarlo a la ruptura, y luego jugando el papel de Elvira, prima donna en el coro de mujeres engañadas.

A mi amigo le pareció bueno el plan. En una casa de modas contraté a una costurera, con la que mi amigo debería hacerse ver en público, y a la que iría a visitar en horas sospechosas. Le conseguí a la costurera alojamiento en una casa que daba a dos calles,1 y así podría mi amigo entrar por un portón -con lo que daba lugar a los chismes- y salir de inmediato por el otro. Todo estaba preparado, y yo mismo estaba en alto grado de tensión ante el experimento, pero a mi amigo le faltó valor para llevarlo a cabo. Ya no lo volví a ver.

Trato de mostrar largo y tendido que el amor-recuerdo hace al hombre infeliz. Si mi amigo hubiera creído en la repetición ¿de qué no hubiera sido capaz? La repetición es la categoría nueva que hay que descubrir. Hablando de una cosa, se puede decir mucho sin repetirse. Una vez el Profesor Ussing en medio de un discurso dijo algo que no gustó. Enérgico, golpeó la mesa. y dijo: “¡Repito!”, o sea, creía que su frase ganaba al ser repetida. Hace años oí a un pastor decir exactamente el mismo sermón en dos solemnidades. Si para él la repetición hubiera tenido el mismo significado que para el profesor, hubiera bastado que la segunda vez hubiera golpeado el púlpito, y dijera: “¡Repito el sermón del domingo pasado!”.

Vengo ahora a decir algo de un viaje que hice a Berlín para investigar si la repetición es posible. La primera vez que fuí, encontré grato y confortable alojamiento. Desde la ventana se ve la inmensa plaza; las siluetas de los pasantes dan la impresión de estar en un teatro; el alma se sumerge en la confusa claridad de una realidad de sueño. En la noche, claro de luna. El segundo viaje, el del experimento, mostró que la repetición no es posible. El hospedero se había transformado, hasta casado. Además tuve la mala suerte de llegar el miércoles de ceniza. No que la gente se echara ceniza a los ojos diciendo “¡Memento o homo, quod cinis es et in pulverem reverteris!”,2 pero la ciudad estaba dentro de una polvareda. La primera vez fui al Königstädter Theater,3 donde se representan farsas. Obtuve un palco muy bueno; al fondo, un lugar para una sola persona, donde se está maravillosamente bien, y se disfruta de la música de la orquesta, y del ímpetu de esa otra orquesta que es la galería cuando presiente ya al cómico preferido entre las bambalinas. Disfrutando de la farsa estaba yo feliz, cuando mis ojos recayeron al palco de enfrente, y vieron una joven semioculta por una pareja de edad, sentados delante de ella. Sencilla, modesta, de rostro gracioso. Mantenía cada vez el mismo recogimiento y su tranquila sonrisa de niña asombrada. Iba, como yo, todos los días. En mi segundo viaje, representaban la misma farsa. Fuí, pero ya no pude obtener el palco para mí solo; la gente ya no era la misma; no sabían si alegrarse o aburrirse; la niña aquella ya no estaba, y los cómicos no me hicieron reír. A la media hora me salí del teatro. Mi apartamento se me había hecho insoportable, pues mi imaginación parecía estéril, cuando la primera vez las ideas venían solas. El calor dentro de la pieza era sofocante.

Volví al mismo restaurant, adonde la primera vez iba diario, y donde conocía los usos y costumbres más pequeños: a qué hora se iban los primeros huéspedes, y cómo se saludaban; sabía yo si dejaban sus sombreros en la primera o en la segunda sala. Volví a ver exactamente las mismas cosas, las mismas bromas, las mismas cortesías. Qué terrible: aquí la repetición era posible. Regresé al teatro la noche siguiente, y lo único que se repitió fue la imposibilidad de una repetición. En la avenida Unter den Linden,4 el polvo era insoportable; todo intento de mezclarme con la gente me asqueaba. La pequeña danzarina había perdido ya su encanto naciente; el ciego de la puerta de Brandeburgo, mi arpista, llevaba abrigo gris en lugar del verde, que suscitaba mis añoranzas, pues parecía un sauce llorón; ahora ya no significaba nada para mí. La nariz del bedel se había vuelto pálida. El Profesor estrenaba pantalones que le daban un aire casi militar... Cuando estas experiencias se repitieron varios días, me llené de amargura, y decidí regresar a casa. Mi descubrimiento no era sensacional, pero tenía su valor: que no se daba la repetición. Lo curioso es que repetí el descubrimiento varias veces.

Por lo menos en casa todo estaba preparado para la repetición. Me horroriza cuanto sea revolver y trastornar las cosas, de modo que soy enemigo de todas las limpiezas, en especial esa con que se enjabona toda la casa. Por eso al partir dejé instrucciones precisas para que se respetaran mis principios conservadores. Pero qué no sucedió. Mi sirviente tenía otra opinión, y pensó que en mi ausencia podría hacer una limpieza general. No me esperaba todavía. Toco, abre, y palidece como muerto. Por la puerta entreabierta vi el horror de todo patas arriba. Me quedé petrificado. Mi sirviente se quedó sin saber qué hacer; su mala conciencia le hacía reproches, y... me dio el portazo en la nariz. Reconocí que no había repetición. Mi concepción anterior de la vida había triunfado.

A medida que avanza uno en edad va llegando a la conclusión de que el hombre nunca, ni siquiera durante media hora, puede estar del todo satisfecho; y que no vale la pena intentar satisfacciones relativas; que es preferible la insatisfacción total. Un día estuve muy cerca de la satisfacción total. Me levanté con una extraordinaria sensación de bienestar; la euforia fue in crescendo, y a la una estaba yo en el más alto punto, y presentía un máximo vertiginoso, inconmensurable aun para la poesía. Y de pronto algo, tal vez un granito de polvo, no sé, me empezó a dar comezón horrible en un ojo. Desde entonces renuncié a toda esperanza de encontrarme satisfecho bajo todos los aspectos.

La vida es un río. Mi joven amigo decía: “Déjalo correr”; y en eso fue más sabio que si hubiera comenzado con la repetición. En este caso le hubiera pasado lo de la canción, que uno encontró a su amada convertida en monja, los cabellos cortados y los labios exangües. La repetición lo mató: “El muchacho se sienta; se sienta en una piedra; llora sus claras lágrimas; se le parte el corazón”.

¡Adiós, rica esperanza juvenil! ¡Adiós, energía viril! ¡Adiós, proyecto victorioso! ¡Adiós, bosque encantador: cuando te quise ver, ya te habías marchitado! Corre, río apresurado, el único que sabe lo que quiere, fluír y perderte en el mar nunca lleno! ¡Prosigue, drama de la vida, que nadie puede llamarte comedia, ni tragedia, pues nadie ve el fin! ¿Por qué nadie ha regresado de entre los muertos? Porque la vida no cautiva como cautiva la muerte, porque la vida no persuade como persuade la muerte. ¡Oh muerte, fuerte es tu persuasión! Después de ti quien tiene el lenguaje más bello es aquel que persuadía con elocuencia a morir.5

LA REPETICIÓN6

Un buen día empecé a recibir cartas de mi amigo desaparecido. Desea que sea yo su confidente, y al mismo tiempo no lo desea; mi llamada superioridad le da confianza, pero le es desagradable; confía en mí pero no quiere que le responda; me exige silencio, por lo más sagrado, y entra en furor por este mi poder callar; nadie -ni él ni yo- ha de saber que soy su confidente; y para explicar esta confusión con contento de los dos, tiene la cortesía de decir que me considera débil mental. Tal es la gratitud que recibe uno por haberse dedicado exclusivamente a la idea, días y años, por el bien de la humanidad. También es injusto creyendo que yo lo había olvidado. Cuando desapareció de pronto pensé en realidad que habría atentado contra sí mismo.7

Cuando dejó a la joven -ni se despidió-, ella estaba floreciente y enriquecida con los tesoros poéticos que le había prodigado. Sospechas, temor y pena se fueron insinuando poco a poco en ella, hasta sumirla en un sueño impreciso de los eventos. Según él, una joven engañada debía morir de pena. Pero a los ojos de la joven él no era un engañador.

Por la carta se ve que su historia de amor le dejó una impresión más profunda de lo que imaginé. Seguramente me ocultó parte de sus sentimientos. Una vez me había dicho que yo era “raro”; ahora dice que soy débil mental. Creo que no le queda sino hacer un movimiento religioso, aunque si quisiera seguir mi consejo, sería en vano. Mi naturaleza es incapaz de un movimiento religioso, pero no niego que se dé. Yo nunca creí que él se quedara colgado en su historia de amor. Se comprometió a la ligera; se da cuenta de que su amor no puede culminar en matrimonio; que puede ser feliz sin ella; rompe; no lo deja el sentimiento de haber sido injusto -como si fuera injusto romper en esa situación sin salida. Habría que preguntarle si desearía enamorarse de la joven. Respondería que jamás, pues ya sabe lo que cuesta. Así habría que plantear el problema, si él no se quiere engañar a sí mismo. Sabe que su amor es irrealizable en el plano humano. Ha llegado así a la frontera de lo prodigioso, que no realizaría, eso sí, sino en virtud del absurdo. Él no piensa en esta dificultad, o quizá soy demasiado perspicaz. ¿Ama a la joven, o ésta sigue siendo ocasión del movimiento? La discordia operada en él al contacto con ella cesaría si él volviera a ella. Pero aun aquí, la joven no es una realidad, sino el reflejo de los movimientos que se realizan en él, y su estímulo. Ella toma entonces una importancia extraordinaria; no porque sea ella, sino por su relación a él. Ella es como la frontera del joven; pero esa relación no es erótica. En lenguaje religioso es como si Dios se sirviera de ella para atraparlo.

El problema con que mi amigo se topa es nada menos que la repetición. Hace bien en no acudir ni a la filosofía griega ni a la moderna. Un griego escogería, sin angustiarse, la reminiscencia [y, según la moda de fines del s. xx, se refugiaría en la re-encarnación]. La filosofía moderna se contenta con negar, conservar y elevar,8 pero en realidad no hace ningún movimiento; y si lo hace, es en la inmanencia. La repetición es en cambio trascendente -para mí, demasiado trascendente, pues he abandonado mi teoría. Por fortuna mi amigo no busca luz en ningún filósofo de renombre, ni en un profesor, sino en un pensador privado que se retiró de la vida tras conocer la gloria del mundo: Job, que está ahí entre cenizas rascándose con un tepalcate.

15 de agosto

Mi mudo confidente: ... Tu plan era excelente; hacerme pasar por un villano; ser un héroe no para otros, sino en el interior; ser yo mismo mi juez, testigo y fiscal. Yo no tenía el arte ni la perseverancia para representar ese papel. Tú, claro y frío, exponías los planes. Me parece a veces que eres débil mental. ¿O no es un tipo de demencia haber sometido toda pasión, todo movimiento del corazón, todo sentimiento, al frío control de la reflexión? Yo escogí otro camino: dejé Copenhague, y en secreto me fui a Estocolmo. Tú habrías dicho que eso era un error; que debí haberme ido a la vista de todos. Pero me estremezco sólo al pensar que ella hubiera estado ahí, y que mis ojos la hubieran visto al ponerse el barco en movimiento. ¡Me hubiera vuelto loco ahí mismo! Tú, en mi lugar, habrías estado impasible, y aun te hubieras llevado a la costurera. Y, a ella ... cuyo nombre no oso escribir, pues mi mano temblaría de terror ... ¿la has visto? ¿está triste, pálida ... murió? Me siento como las nubes que van por aquí y por allá, débiles, pesadas, que se precipitan hacia abajo y en el seno de la tierra encuentran su tumba...

19 de septiembre

Mi mudo confidente: ¡Job! ¡Job! ¡Job! ¿Cierras tu puerta al afligido? ¿No le das otro consuelo que la miserable sabiduría mundana? ¿Sólo dices: “Dios lo dio, Dios lo quitó, bendito sea Dios”, como quien dice salud a quien estornuda? No. Tú que eras espada del oprimido, sostén del anciano, y apoyo del que sucumbe, tú no defraudaste a los hombres cuando todo se derrumbó. Tú te hiciste la voz del que sufre, el grito del aplastado, el clamor del angustiado; tú te hiciste el portavoz que osa quejarse, en la amargura del corazón, y discutir con Dios. Yo necesito de ti, del hombre que sabe quejarse en voz alta y hace resonar con sus ecos el cielo donde Dios delibera con Satán sobre los planes que se traman contra un hombre.

11 de octubre

Mi mudo confidente: Llegué al extremo. Me repugna la vida, sin sabor, sin sal, sin sentido... ¿Qué cosa es ser culpable? ¿Por qué yo sí, y ella no? Si los dos fuimos sinceros ¿por qué se expresa esto en el idioma humano diciendo que ella es fiel, y yo un engañador?

15 de noviembre

Mi mudo confidente: Cada palabra de Job es alimento, vestido y abrigo para mi alma miserable. A veces una palabra suya sacude mi letargo y me lanza a la inquietud; otras veces esa misma palabra apacigua mi furor estéril y el cruel tormento de la pasión. ¿Has leído bien a Job? Léelo una y otra vez. De noche dejo prendidas todas las luces de mi recámara, y se ilumina toda la casa. Entonces me levanto, leo en voz alta, gritando tal o tal pasaje de Job. Abro la ventana y lanzo al viento mis imprecaciones. A veces estoy calmado; y me parece ser un niño que no comprende qué es lo que hace que los adultos sean tan apasionados. Me parece entonces que los malvados son los que hacen sufrir a Job, sus amigos que ahora le están ladrando. Entonces prorrumpo en sollozos; y una angustia indecible por el mundo, la vida, los hombres y todo, tritura mi alma. Luego vuelvo a leer en voz alta, con todas mis fuerzas. De súbito me quedo mudo: ya no oigo nada, pero entreveo a Job entre cenizas, rodeado de sus amigos: nadie dice una palabra; pero ese silencio está lleno de todos los horrores. El silencio se rompe, y el alma atormentada de Job se desata en potentes clamores.

15 de diciembre

Mi mudo confidente: La furia de la fiebre ha pasado. Me siento como en convalecencia. La fuerza vital de Job es que a pesar de todo tiene razón. Sus amigos lo acusan y atormentan, pero Job sabe que es inocente y puro. Cuando uno cree ser castigado por sus pecados, tal pensamiento puede ser hermoso, verdadero y humilde; pero puede provenir de la oscura concepción de Dios como tirano, y se pone a Dios por abajo de las categorías morales. Elifaz, Bildad, Tsofar, y sobre todo Elihú, que se levanta fresco cuando los otros se cansan, le exigen y le exigen a Job que se arrepienta. Uno podría creer que Job va a perder la razón, a derrumbarse y capitular. Job permanece firme. ¿Cómo explicar la pretensión de Job? Así: que todo es una prueba. No hay ciencia alguna que tenga esta categoría. Entonces ¿cómo sabe el individuo que se trata de una prueba? La grandeza de Job no reside en que haya dicho “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, bendito sea el nombre del Señor”. El significado de Job reside en que ya están resueltas las batallas de frontera con la fe, y que aquí se representan las salvajes y belicosas fuerzas de la pasión en rebelión formidable. Job es el alegato del hombre en la gran causa entre Dios y el hombre, vasto y terrible proceso, originado por el mal que Satán interpuso entre Dios y Job, y que culmina en que todo era una prueba. Esta categoría de la prueba no es del orden estético, ni del moral, ni del dogmático. Es una categoría del todo trascendente. Job no es el héroe de la fe. El da a luz la categoría de la prueba entre dolores espantosos.

13 de enero

Mi mudo confidente: Cesó la tormenta. Dios y Job se comprendieron y reconciliaron. Los hombres ya comprendieron a Job, y vienen a comer con él. Sus hermanos le han regalado dinero y joyas. Job es bendecido, y recibe el doble de todo. Esto es lo que se llama la repetición. ¡Que una tempestad haya hecho tanto bien! ¡Qué felicidad la de ser reprendido por Dios! Entonces ¿Job no tuvo razón? Nunca; porque no se puede ir a tribunal más alto. ¿Tuvo razón Job? Sí, para siempre, ¡pues no tuvo razón ante Dios! ¿Cuándo se da la repetición? No hay respuesta humana. Se le dio a Job cuando toda certeza y probabilidad humana se habían hecho imposibles.

17 de febrero

Mi mudo confidente: Espero una tempestad de truenos, y la repetición. Esta espera me da ya un gozo y felicidad indescriptible. La tempestad me haría capaz de ser esposo, aunque haría polvo mi personalidad, pero estoy dispuesto.

Aunque dejé ya de teorizar, mi interés por este joven hizo salirme de mi movimiento pendular. Su error es total. Habría que eliminar a la joven. Si yo tuviera la edad, me sería un placer tomarla, con tal de ayudar al joven. No quiso seguir mi “juicioso plan”. Me alegro de no tener que responderle. Sería ridículo corresponder con alguien cuyo as de triunfos es una tempestad. La niña estará triste; y eso es muy peligroso para él. Si una joven me fuera fiel así, la temería más que a un tirano. Si ella le dijera: “Yo te amé; lo confieso ahora (aunque sin duda dijo este ‘ahora’ miles de veces), te amé más que a Dios (lo cual no es poco decir, pero en nuestra época tampoco mucho)”, él apenas si se turbaría. Lo ideal no es morir de pena, sino con salud y buen humor conservar ese sentimiento. No es nada grandioso casarse con otro; es una debilidad banal y vulgar9. Cualquiera ve que es un error irreparable, aunque uno se case siete veces. Él se lamenta por no haberle pedido su libertad. Por fortuna no cometió tal imprudencia; ella hubiera puesto en juego todos los recursos; habría invocado a Dios y a todo lo sagrado. Quien en el terreno del amor invoca a Dios, deja de ser él mismo, para convertirse en el dueño de cielo. Mi amigo no se reharía jamás del golpe. Lo que pasa es que mi amigo es poeta, y queda así bajo el imperio de una fe entusiasta en la mujer. Yo soy prosaico, y tengo mi opinión sobre el otro sexo; o mejor, no tengo, pues una joven rara vez puede entrar bajo una categoría; le falta la lógica necesaria para ser admirada o despreciada por un ser humano. Una joven se engaña a sí misma antes de engañar a otro; así que no tiene regla.

31 de mayo

Mi mudo confidente: Ella se casó; con quién, no lo sé. Al leer la noticia en el periódico, sentí como un golpe, y el periódico se me cayó de las manos. Ahora soy de nuevo yo mismo. Tengo ya la repetición. La vida me parece más bella que nunca. Esa fue la tempestad, aunque lo debo a que ella fue magnánima. Que la vida la recompense, como ya lo ha hecho; que le dé lo que ella más ha querido. También a mí me ha dado lo que ante todo he amado: yo mismo. ¿No es ésta una repetición? ¿No he recibido todo al doble, como Job? Lo único que Job no recibió al doble fueron sus hijos, pues la vida humana no se deja doblar de esta manera. Aquí es posible sólo la repetición espiritual, aunque en el tiempo no es tan perfecta como en la eternidad, que es la verdadera repetición. Yo pertenezco a la idea; la sigo cuando me hace señas; y cuando me da cita, espero días y noches enteras. Nadie me espera a comer ni a cenar. Pero al llamado de la idea dejo todo; o mejor: no tengo nada que dejar, y no decepciono a nadie. Se me ofrece de nuevo la copa de la embriaguez; aspiro ya su aroma; percibo ya la música de sus burbujas. Ante todo una libación por aquélla que liberó un alma que yacía en soledad desesperada. ¡Gloria a la magnanimidad de la mujer! ¡Viva el vuelo del pensamiento! ¡Viva el peligro de muerte al servicio de la idea, viva el peligro de la lucha, viva el júbilo solemne de la victoria, viva la danza en el torbellino del infinito, viva el golpe de las olas que me lleva al abismo, vivan las oleadas que me arrojan a las estrellas!

Al ilustre Señor NN, verdadero lector de este libro: Copenhague, agosto, 1843.

Querido lector: Perdona que te hable en confianza, pero estamos sólo tú y yo. Una lectora curiosa que lee primero el final, para ver si los amantes se casan, quedará decepcionada, pues mi amigo no se casa. Las jóvenes ansiosas de matrimonio se molestarán, al ver disminuídas sus posibilidades. Un padre de familia temerá que su hijo siga los pasos de mi amigo. Un genio de ocasión dirá que la excepción de mi amigo presenta muchas dificultades, y que toma todo con demasiada seriedad. Un hogareño echará de menos las charlas de salón. Un campeón de la realidad dirá: mucho ruido y pocas nueces. La especialista en arreglar enlaces declarará que es un libro fallido, pues su interés estaba en encontrar una joven que hiciera feliz a este tipo de hombre. Un reverendo dirá que hay ahí mucha filosofía. Y un Reverendísimo10 buscará en vano lo que la comunidad necesita: la auténtica especulación. Entre nos te diré que no habrá tantos juicios, pues no serán muchos los lectores.

Es difícil que un crítico se interese por una excepción que entabla fuerte lucha contra lo general para arrogarse el derecho de existir. La excepción injustificada se reconoce porque rehuye esta lucha con lo general. La lucha contra lo general es muy dialéctica y rica en matices. Supone presteza dialéctica y vivacidad de movimiento. Es tan difícil como dar a un hombre un golpe mortal sin matarlo. Lo general, a pesar de todo, se alegra con la excepción, como el cielo se alegra más por el pecador arrepentido que por los 99 justos. La excepción, de su parte, es rebelde y obstinada, débil y enfermiza. Si la excepción no sabe arrostrar las cosas, lo general no viene en su ayuda. Sólo la excepción decidida, nacida en lo general, aunque ahora en lucha contra él, logra salvarse. Así están las cosas: la excepción piensa lo general al pensar en sí misma; actúa por lo general al actuar por sí misma; explica lo general al explicarse a sí misma. Quien quiera estudiar lo general ha de buscar una excepción justificada, que explica todo mejor que lo general. La excepción justificada queda reconciliada, mientras lo general queda en posición polémica respecto de la excepción. Si las excepciones no pueden justificarse, tampoco lo general. No se suele advertir este problema, porque uno no se ocupa con pasión ni siquiera de lo general; mientras que la excepción piensa apasionada en lo general.

Un poeta representa tal excepción, y es el puente a las verdaderas excepciones, que son las excepciones religiosas. Mi amigo es un poeta. Yo puedo pensar un poeta, pero no puedo convertirme en poeta, pues mi misión es la de esteta y psicólogo. He hablado mucho de mí, pero comprenderás que no soy sino un espíritu servicial. Cada movimiento o palabra mía tenía por único objeto iluminarlo a él.

La vida de un poeta comienza en contradicción con todo; él ha de encontrar una paz o una justificación. Siempre ha de perder la primera batalla; si quiere ganarla, es una excepción injustificada. Mi poeta encuentra una justificación cuando la existencia lo absuelve en el instante en que él quiere como aniquilarse. Su alma adquiere entonces una resonancia religiosa; ésta es la que lo conduce, aunque nunca llega a manifestarse. El gozo ditirámbico de su última carta es ejemplo de ello. Se funda en un sentimiento religioso pero interno, como un secreto inexplicable, aunque este secreto lo ayuda a dar una explicación poética de la realidad. Lo general lo explica como repetición; pero él entiende la repetición de otra manera: mientras la realidad deviene repetición, la repetición para él es una segunda potencia de su conciencia.

De su historia de amor conserva una imagen ideal que puede expresar como sentimientos, pues él carece de facticidad; lo que tiene es una elasticidad productiva de sentimientos. Cuando esta actividad se expresa al exterior, es conducido por lo religioso inexpresable. Así, la agitación de sus primeras cartas estaba próxima a una manifestación religiosa, pero en el momento en que cesa la suspensión temporal [de su actividad poética], retoma posesión de sí, y el elemento religioso se va al fondo, esto es, queda como substrato inexpresable. Si hubiera tenido una base religiosa más profunda, no se habría hecho poeta, y todo habría tenido significado religioso. El impulso le habría venido de arriba, y habría tenido otras fuerzas, aunque a precio de más atroces sufrimientos. En este caso lo que se llama realidad no habría podido quitarle ni añadirle nada. Habría comprendido, con temor y temblor, aunque con fe y confianza, cuanto había hecho y cuanto tendría que hacer, aunque esto lo hubiera empujado al absurdo. Sin embargo, para este joven es típico, como para los poetas, no poder darse cuenta de lo que ha hecho; porque quiere y no quiere ver en el exterior; mientras que un espíritu religioso se concentra en el interior y desprecia las puerilidades de la realidad.

Comprenderás, querido lector, que junto al joven soy alguien destinado a desaparecer, como la partera ante el niño que hizo venir al mundo, que fue lo que hice con él. Mi personalidad es sólo una hipótesis psicológica necesaria para constreñirlo a manifestarse. La variedad del texto y el torrente de sentimientos te habrá desconcertado; pero más tarde verás que nada, ni siquiera los chistes aparentemente ociosos ni las insolentes bravatas, es distractivo.

Con afecto, Constantin Constantius.

NOTA: A fines de 1843, el Profesor Heiberg publicó su lujoso libro Urania, una especie de gran almanaque, donde entre otras recensiones aparece una sobre La Repetición. Heiberg, con humillante condescendencia, le hace ver a Constantin Constantius los defectos de su joven héroe, imbuído de literatura inglesa de Young y de Byron, conocedor superficial de Goethe, simpatizante con la naturaleza, e ignorante de la corriente hegeliana. A su vez, Constantin Constantius dirá que Heiberg no entendió nada; y escribe contra éste un artículo de respuesta, que no llegó a ser publicado. Comenta Tisseau, magnífico traductor al francés de Kierkegaard: Constantin Constantius se considera estoico, pero herido en un punto vulnerable perdió la ataraxia y la indiferencia. Constantin Constantius hace ver a Heiberg que no leyó o que no sabe leer. Se nota la sorda cólera de Constantin Constantius, y la dificultad que tiene para mantenerse como pseudónimo. Al fin del artículo como que olvida su personaje, y se identifica con el joven, y aun en parte con Kierkegaard mismo. 

Proyecto de respuesta de Constantin Constantius al Profesor Heiberg11

La libertad, antes de llegar a sí misma recorre varias etapas:

A) La libertad como placer o estando en el placer. Entonces teme la repetición, pues se ve prisionera de ésta. No obstante las astucias del placer, la repetición aparece, y la libertad-placer desespera. En ese momento la libertad se muestra en una forma superior:

B) La libertad como hábil inteligencia. Está todavía en relación finita con su objeto, y está determinada sólo como ambivalencia estética. Hay repetición, pero la libertad busca simplemente descubrir nuevos aspectos. Eso se nota, por ejemplo, en Cambio de Cultivos (Vexeldriften), donde tal actitud se presenta como la máxima sabiduría. Pero también aquí aparece la repetición; y la hábil inteligencia (Klogskab) intenta seducirla y convertirla en otra cosa. Acaba igualmente por desesperar.

C) Aparece la libertad en su forma superior: determinada con respecto a sí misma. Ahora la libertad tiene interés supremo en que aparezca la repetición. Y se presenta el problema de si es posible la repetición. La libertad misma es la repetición. Lo que la libertad quiere es la repetición; lo que teme es el cambio (todo al revés de Cambio de cultivos). Si ese deseo de repetición es estoico, se contradice. Y no queda sino el movimiento religioso como expresión verdadera de la repetición.

La libertad (C) fue lo que quise tratar en el libro -en perspectiva psicológica y estética, y no de manera científica con una retahila de parágrafos. Quise hacer nacer la categoría en el sentido griego, a partir de la individualidad y de la situación. No usé un tono doctoral sino burlón e irónico: (A) y (B) se burlan de (C). Ya en la Primera parte se elabora la repetición (C), pero es apagada por los ruidos de la vida. Yo juego al estoico para ponerme por encima de la repetición (A) y de la repetición (B), pero tomo todas las precauciones para que el joven descubra, en la segunda parte, la repetición (C). Él es una excepción en la vida, y su problema es saber si se da la repetición. Mi viaje a Berlín es una parodia: como si la repetición pudiera darse fuera del individuo. Mi viaje tiene por objeto que yo desespere de la posibilidad. Cedo así el lugar al joven, cuya naturaleza religiosa le permitirá descubrir la repetición. Job recupera el doble de todo. Pero lo que le gusta más de Job es que Job tuvo razón. Y es que el destino jugó con el joven y lo hizo culpable. Ha sido escindido; y no se trata de una recuperación exterior sino de recuperación de la libertad. El espera el trueno de lo alto, que llega. Y el joven explica la repetición como la segunda potencia de su conciencia.

Cuanto se dice de decisivo viene en la Segunda parte. En la Primera todo es broma y verdad relativa, como cuando digo que desespero de que la repetición sea posible, y añado que no puedo hacer el movimiento religioso, como contrario a mi naturaleza. En mi carta final hago ver que ante el joven soy alguien que desaparece. No puede quedar más claro que la repetición en la individualidad es diferente de la repetición en la naturaleza. La describí con ciertos términos: trascendente, movimiento religioso en virtud del absurdo, llegar a los límites de lo prodigioso, la eternidad es la verdadera repetición.

En cuanto al Profesor Heiberg: sus citas no pasan de la página 40; del resto no dice ni palabra. Pero es en la Segunda parte donde se expone la repetición. En todo caso ni en la Primera ni en la Segunda parte se habla de la repetición en la naturaleza, tan mencionada por Heiberg, como si quisiera despertar la simpatía del joven por esa repetición. En fin, dice Heiberg que la repetición en el mundo del espíritu es más importante, y que "debemos ver la evolución que supone, y que en un sentido la suprime como tal". Sólo un aturdido puede leer todo el libro sin darse cuenta de que este punto se expone con toda precisión.

Heiberg: "El autor aplica el concepto de repetición a un concepto cosmológico, el de movimiento".

Constantino: En nuestros días se ha intentado introducir el movimiento aun en la lógica. La repetición toma ahí el nombre de mediación. Pero la lógica es incapaz de llevar el concepto de movimiento. Además, la mediación es inmanente; y no tiene nada que ver en la esfera de la libertad, donde cada momento aparece en virtud de la trascendencia. Que la repetición suponga movimiento, nada más claro; pero se trata de un movimiento real, no meramente lógico. Lo posible reside en la esfera de la libertad; y lo real se produce como una trascendencia. En cambio, cuando en lógica se pone lo posible como real a causa de la inmanencia del pensamiento, no se hace sino turbar el silencio del proceso lógico.

Heiberg no precisa qué hay que entender por filosofía de la naturaleza; si él entiende por ella un pastor caldeo que escruta las estrellas, o un fantástico palurdo que desea reintroducir la vida de los nómadas, o un troglodita, o un pensionista que se va a vivir al campo.

Heiberg: La repetición se da en el reino del espíritu, pero hay que distinguir entre espíritu del mundo y espíritu individual. La repetición en el mundo del espíritu, y en eso se diferencia de la repetición en la naturaleza, tiene un progreso, pues cada generación nueva supera a la precedente, ya que utiliza los resultados obtenidos para nuevos recomienzos.

Constantino: Esta aserción la conoce cualquier estudiante, aun el que reprueba los exámenes; pero además no explica absolutamente nada sobre los problemas de la libertad.

Heiberg: En cuanto al espíritu individual se da la repetición sólo para el dedicado a la contemplación, y no como tarea para la libertad.

Constantino: La repetición en sentido pleno se presenta como tarea para la libertad, y como libertad. De esta repetición Heiberg no dice una sola palabra.

1 Es usual en Copenhague que haya casas que hacen esquina con dos puertas hacia las diferentes calles.

2 Frase que dice el sacerdote al imponer la ceniza: "Acuérdate que eres polvo, y que volverás a ser polvo".

3 Teatro real de la Ciudad.

4 Muy famosa e histórica avenida en Berlín.

5 El cirenaico Hegesias, 300 a. de C. Habló bellamente de la muerte; y hubo varios suicidios.

6 De súbito reaparece el título del libro; señal de que ahora comienza el tratamiento serio. Lo anterior fue una broma para resaltar la verdadera repetición o recuperación.

7 En un proyecto original de Kierkegaard, el joven se daba un tiro.

8 Obvia referencia a Hegel cuya dialéctica viene expresada por el verbo aufheben, que significa los tres verbos: negar, conservar, elevar.

9 El compromiso de Regina con Schlegel provocó enorme indignación en Kierkegaard. El borrador trata frases más duras, afortunadamente no publicadas, dice un comentador danés.

10 Alude al teólogo Martensen, hegeliano (cf. En este mismo texto, p. 19 a 21).

11 Papirer, IV B 117.

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